Admisión
Capítulo 1 de El ácido y la piedra, novela por entregas en Substack. Diecinueve minutos de lectura.
This text appears here in its original Spanish.
grabación en la voz del autor (pendiente)
Admitimos que éramos impotentes ante nuestra adicción, que nuestra vida se había vuelto ingobernable.
Un domingo de Cuaresma, día de visitas y de calores que anticipan aguaceros, fui internado en el Centro de Apoyo y Rehabilitación del Adicto (CARA) por consumo de crack.
Era 2003 o 2004, porque yo había cumplido dieciséis o diecisiete años unos meses antes. Aquel día, dos internos operaban la aguja de acceso. Uno se acercó a la ventanilla del Suzuki Samurai viejo de mi padre con un lapicero en la mano y una tabla sujetapapeles prensada bajo el sobaco.
—¡Buenas! ¿A quién vienen a visitar?
Mi padre saludó con la cabeza desde el asiento del conductor y señaló con el pulgar el asiento del pasajero.
—Vengo a dejar a uno.
El interno bajó la tabla y el papel y el clip metálico que lo sujetaba resplandecieron bajo el sol. Luego se inclinó hacia la ventanilla y se me quedó viendo a los ojos con media sonrisa. Después volvió a dirigirse a mi padre:
—Se puede parquear ahí, entre el taxi y la moto. Las oficinas de la administración están enfrente. Pregunte por Guaicay.
—Gracias, brother. Ya más o menos conozco.
El camino de entrada estaba bordeado por piedras volcánicas pintarrajeadas con cal y terminaba en un espacio vacío entre otras instalaciones. Al otro lado se divisaban tres galpones largos y chatos: las covachas de los internos. CARA está en el borde de la colonia Miguel Bonilla, donde el casco urbano de Managua cesa abruptamente y un camino de tierra se ramifica hacia Jocote Dulce y otras comunidades periurbanas.
Entramos a las oficinas por unos escalones de concreto flanqueados por jardineras. Una muchacha rolliza que llevaba un conjunto de licra negra, tobilleras grises y chinelas azules estaba sentada tras un escritorio resolviendo la sopa de letras de El Nuevo Diario. En cuestión de segundos, me escaneó con una mirada oblicua: el pelo erizado con gel, la camiseta roja con el mono de Paul Frank, el bluyín rasgado, los Converse negros, el bolso de lona verdeolivo en una mano y el estuche de guitarra al hombro y los ojos todavía quebrados por la marihuana —un adolescente pequeñoburgués y anacrónico de los que entonces abundaban en el país—. Luego se levantó y saludó amablemente a mi padre.
—Buenas tardes, don Eduardo. ¿Cómo está? ¿Este es su hijo?
Él había estado en CARA unos días antes para completar la admisión de Mario M, un cantautor y amigo suyo. Me puso la mano en el hombro y asintió:
—Este es.
—¡OK! Pase con don Carlos, ya lo está esperando. Vos, acompañame.
Don Carlos Guaicay, subdirector institucional y director ejecutivo de CARA, ya estaba de pie en el umbral. Era alto y de complexión recia. Llevaba una camiseta gris holgada sobre la panza prominente, shorts cargo caquis y botas militares. Frisaba los setenta años, pero era vigoroso y eso le hacía parecer más joven. Llevaba más de cuatro décadas sobrio. Su voz era ronca y grave, pero dulce. Fue hasta mi padre y le estrechó la mano.
—¡Hola, Eduardo! Pase adelante.
Antes de entrar, mi padre me miró a los ojos y me abrazó. Su olor a pachuli se me impregnó por un buen rato aquel día, pero su mirada en ese instante, una mezcla de pesadumbre infantil e impotencia adulta (muy similar a la que tendría no muchos años después, en el umbral de su casa, muy pocas horas antes de su muerte), todavía la llevo impregnada en la memoria.
—Ya te veo —dijo.
Mientras salíamos, la muchacha me preguntó mi nombre y dijo que el suyo era Karen. Era interna e iniciaba el tercer y último mes del programa.
Llegamos al espacio vacío en el que terminaba el camino de la entrada. Karen señaló el piso de tierra apelmazada y dijo:
—Este es el círculo. Aquí nos reunimos cinco veces al día. Cada vez que suena la campana.
Nos detuvimos en la primera puerta de la covacha 1, un barracón con techo de zinc, sin cielo raso y con piso de cemento. Adentro había veinticuatro catres de tijera distribuidos en dos hileras. Sobre cada catre, una colchoneta delgada de lona. El concreto de la pared a media altura servía como respaldar para los catres y su saliente como repisa donde los internos colocaban sus objetos personales: botellas de Coca-Cola de dos litros llenas de agua o nancites, cepillos y pastas de dientes, espejos de mano, máquinas de rasurar, biblias, rollos de papel higiénico, cigarros. En los tablones viejos de la mitad superior, algunos habían clavado fotos, imágenes de santos o recortes con tachuelas. Debajo de los catres, había maletas y motetes de ropa. En aquel momento, solo unos cuantos internos descansaban en la covacha. Karen se detuvo junto a un catre vacío y antes de regresar por donde habíamos llegado, dijo:
—Aquí vas a dormir. Dejá tus chunches y andá recibí tu visita. Aquí nadie te toca nada. El covachero te va a poner al tanto del reglamento. La primera campana del día se toca a las cuatro y media a.m. Así que lo más a las cuatro y cuarenta y cinco ya todo el mundo tiene que estar formado en el círculo.
Metí el bolso debajo del catre, puse el estuche de la guitarra sobre la colchoneta y me dispuse a salir. Pero, al girarme, un tipo de unos dos metros de alto me cortó el paso. Tenía la cabeza rapada. Era fofo y desgalichado, como un oso de caricatura. Las cicatrices de acné y los ojos infantiles, medio cubiertos por unos párpados carnosos, lo hacían ver menos amenazante de lo que su actitud y sus dimensiones insinuaban. De la nada, a toda prisa y entre dientes, me dijo:
—¿Adándri labapa darantatá feyarque tas venisiser…?
Reaccioné de inmediato:
—¿Ah?
En el acto, el tipo que parecía oso hinchió su tórax y propulsó con todas sus fuerzas saliva desde su labio inferior hacia las comisuras, lo que dotó de una cualidad aguada, casi líquida, al larguísimo ruido de pedo que soltó por la boca. Su risotada casi hizo vibrar los tablones de las paredes. Una cabeza gritó desde uno de los catres:
—Callate la trompa, Flores, hijo de la gran cien mil pares de la gran mil puta.
El oso se volteó lentamente con una sonrisa parvularia y dijo con su vozarrón:
—Vení mamala, Beto el Recluta, batty bwoy.
La voz, antes hostil, también rio:
—Ja, ja, ja. Solo vergas este costeño cerote. Mejor buscá cómo apearme un coco con el culo. Ja, ja, ja.
El oso me miró de nuevo, con una sonrisa larga y cándida, pero que contrastaba con el aire patibulario que había adquirido su mirada. El tono de su voz cambió también por completo, ahora era serio, grave:
—¿Qué onda, man? No hay falla, es jodedera. ¿Cómo te llamas?
Dudé un segundo. Luego intenté decir mi nombre:
—L…
Pero el oso, que parecía apellidarse Flores, me interrumpió en la primera letra. Lento como un perezoso, agarró mi brazo derecho, levantó la manga de mi camiseta, se acercó un poco más, entrecerró los ojos y leyó las letras de mi tatuaje:
—Led Zeppelin te voy a decir, man.
Otro tipo se acercó con actitud bastante menos escandalosa. Era enjuto, pero fibroso, de cejas gruesas y ojos achinados. Se paró junto a nosotros, me extendió la mano y dijo:
—¡Bienvenido, compañero! Me llamo Chale.
Chale, según escuché esa misma noche, estaba “donado” en el Centro, o sea que no recibía visitas ni apoyo del exterior. Él, sin embargo, aseguraba que lo había internado su “jaña”, una “chela bien hermosa y de billetes” con la que llevaba una relación de años. Y que el domingo menos esperado, esa “chelota” se iba a aparecer en “una camionetona” y le iba a dejar “un gran barco” que iba a compartir con todos. Lo decía precedido de un “ahí van a ver”, sobre todo cada vez que alguien le negaba un cigarro o le daba una ración más escasa de la batida a la cual no había contribuido.
Le di la mano y me presenté. De inmediato me pidió un cigarro. Saqué medio paquete con los dos últimos que me quedaban. Le di uno y prendí el otro. Un par de internos más se acercaron en son de paz y, sin pedir nada, me dieron la bienvenida. Flores levantó de pronto el estuche de la guitarra que seguía en el catre, lo apoyó sobre una de sus rodillas y simuló que tocaba mientras gritaba y remolineaba el cuerpo como si bailara lambada:
—Seyur preyers, lirol huan / donforgué, maisón / tu inclú evrihuan… Chaaan cha-cha-chan-cha-chan cha-cháaan. ¿Vas a decir que no te la sabés esa? Ja, ja, ja. Yo era roquero, man. Aunque parezcan varas.
La voz de Beto el Recluta volvió a resonar en el vacío de la covacha:
—Qué vas a ser ni verga vos. A ver. Decime tres discos de Iron Maiden. ¡Ah! O de Judas Priest. ¿Ves? Qué vas a saber ni verga vos, hijueputa, si solo de Palo de Mayo entendés. Yo sí soy metalero de coraza, compadre.
La visita pasó rápido. Mi madre llegó un rato después que nosotros, porque no daba con el lugar. Para entonces, mis padres llevaban ocho o nueve años separados, pero su relación era más cordial de lo que uno podría esperar. Habituados a mi monosilabismo adolescente, platicaron sobre todo entre ellos, y también con Mario M, que a cada momento aparecía y desaparecía al paso de su acelere perenne. Hacia el final de la visita, mi madre lloraba desconsolada y mi padre se secaba el borde de los párpados con su pañuelo verde de cachemira. Nos despedimos y me dejaron un buen barco: latas de atún y sardinas, una barra de pan Bimbo, galletas dulces y saladas, bolsas de avena, pinolillo, jugos enlatados y medio cartón de Marlboro rojo.
Hacia el anochecer, el Centro se vació de gente y de vehículos y quedamos solo los adictos. De vuelta en la covacha, apenas me senté en mi catre, un tipo de unos treinta años, pero tan seco de carnes y con una alopecia tan avanzada que parecía un anciano, fue directamente adonde yo estaba. Tenía barba de candado y piel pálida como clara de huevo a medio hervir. Llevaba un cuaderno de Mulán en la mano y un lapicero prensado en el cuello de la camiseta. Mientras le quitaba la tapa y abría el cuaderno, me dijo que era el covachero de la 1. Mencionó su nombre, pero todos le decían Suspiro. Era el hijo desmandado de un notable historiador nacional.
Me pidió mi nombre completo, fecha de nacimiento, lugar de residencia, contactos en caso de emergencia, inventario de sustancias consumidas. Me hizo vaciar la caja que contenía el barco que me acababan de dejar. Cuando terminó de revisar artículo por artículo para asegurarse de que estuvieran sellados, me hizo guardar todo nuevamente. Luego repetimos la misma operación con mis pertenencias y con el estuche de la guitarra. Mientras tanto, los otros internos formaban corros alrededor de algunos catres, organizaban y revisaban sus pertenencias y unos pocos iban y venían de punta a punta de la covacha para aplacar la ansiedad.
La campana repicó puntual, a las siete de la noche. En menos de cinco minutos, todos formábamos un círculo en el espacio vacío contiguo a las oficinas a la luz de dos luminarias. Se sumaron los internos de las otras covachas: la dos, la tres y la de las mujeres. El círculo era amplio, de unas cincuenta o sesenta personas, pero todos podíamos vernos las caras con facilidad. Había de todo: desde lo más pinta del Callejón de la Muerte hasta lo más rancio de la pseudoalcurnia criolla. También divisé a Mario M, casi en el extremo opuesto del círculo. Tenía un tobillo vendado, la nariz todavía inflamada y el tabique cubierto por una férula.
Mario llegó a CARA once días antes que yo. Ya había intentado internarse antes, pero hacia la medianoche del mismo día que llegó trepó el portón de entrada y saltó al otro lado, innecesariamente porque es más fácil simplemente cruzar las líneas de alambre del cerco. Dos de los internos que hacían guardia intentaron decirle que no era necesario, que todos estaban ahí voluntariamente. Pero Mario, ya al otro lado, los mandó a comer mierda y se fue corriendo cuesta abajo, por el camino de tierra, hacia la Miguel Bonilla. Esa misma noche Mario recayó. Cuando, a los pocos días, volvió a tocar fondo, regresó a CARA a eso de las tres de la mañana, esta vez en su carro, un Kia diminuto, con la intención de internarse de una vez por todas. Pero, justo cuando intentaba cruzar el puente, perdió el control y se fue con todo y carro al fondo del cauce de concreto. Salvo por una torsión de tobillo, una fisura en la nariz y varias magulladuras dolorosas, Mario había salido intacto del accidente.
Una de las internas que estaba cerca de Mario me llamó poderosamente la atención, quizá por instinto pubescente. Tenía pelo rizado y rubio, casi cenizo, hasta la barbilla. Era joven todavía, pero suficientemente mayor que yo para percibirme como un cipote. Me percaté de que también me miraba, así que quise apartar la vista rápidamente, pero ella respondió antes con un movimiento disimulado de mano y una media sonrisa a los que no correspondí. En eso, un tipo de aspecto condoritesco, con pantalón de camuflaje y camisola de los Miami Heat, caminó hasta el centro del círculo. Todos platicaban entre sí, pero, al sonar su silbato, el tipo impuso un silencio abrupto que se adhirió al bochorno de la noche. Entonces exclamó:
—¡Buenas noches, compañeros!
Todos vocearon al unísono:
—¡Buenas noches, compañero!
Era el Disciplina, el rol de mayor jerarquía al que podía aspirar un interno. Tras dirigir una oración a un Poder Superior, según cada quien lo concibiera, orientó ir a sesionar. Entonces el círculo se deshizo y todos se dirigieron al auditorio.
Mario M fue hacia donde yo estaba. Se movía, como siempre, a pasos cortos pero acelerados, casi a brincos, a pesar del tobillo vendado. Miraba de un lado a otro con insidia. Mario tenía demasiada energía para alguien de cincuenta y un años y, aun en abstinencia, conservaba los tics del cocainómano en el paroxismo del paniqueo. Todavía estaba a varios metros de mí, pero ya me hablaba, casi a gritos:
—¡No jodás! Estamos claros. Disciplina se dice el gran deaverga. ¡Quien no lo conozca, que lo compre! Un grandísimo degenerado es lo que es. Diario lo miraba cuneteado o buscando qué robar en el cartelito de Santa Ana.
El Disciplina que pasaba cerca, cabizbajo y silencioso como de costumbre, alzó la vista hacia Mario y dijo suavemente:
—Enfóquese en su recuperación, compañero, y deje que cada quien se preocupe por la suya.
Mario soltó una carcajada cándida pese a la malicia que la detonaba. Su voz, por deformación profesional de décadas, mantenía naturalmente la proyección y la dicción de un locutor o de un actor de radionovelas. Entonces cogió aliento, dio media vuelta y, gesticulando ampliamente con los brazos, exclamó:
—¡No me jodan todos ustedes! Se hacen los santos rehabilitados, pero son unos pedreros degenerados, igual que yo.
Surgieron voces entre el rebaño humano que avanzaba:
—¡Callate la trompa, viejo cochón!
—Dale, dale. Caminá viejo. No estés hablando vergas.
De pronto, Francisco Flores, el tipo que parecía un oso, pasó a nuestro lado. Restregó su palma enorme sobre mi pelo, haciendo un desastre con el gel seco. Luego le pellizcó una nalga a Mario mientras tiraba un beso en su dirección.
—¡Qué rico ese culo, viejo!
Mario se apartó y soltó un puñetazo con desgano que aterrizó en el brazo enorme de Flores sin provocar mayor daño.
—¡Jueputa! Qué jode este Maguila Gorila.
Flores rio.
—A pues, Led Zeppelin. ¿Sos brother del viejo cochón? Está bueno, man. Para que le acompañés con otra guitarra. Le hace huevo este viejo cochón a cantar.
Chale pasó de largo y a toda prisa cargando una caja de cartón con varios artículos personales y alimenticios. La dejó en la covacha y regresó corriendo al auditorio. Cuando se nos unió en la entrada, aseguró que era un barco que le había mandado su “jaña la chelota”. Luego dijo:
—Clase onda, ¿verdad? Estar aquí con Mario M. Si yo crecí con las canciones de este roco.
Cantautor talentosísimo, Mario cultivó cierta fama en algunos ámbitos de la izquierda latinoamericana, sobre todo por su música infantil de contenido social. Igual que muchos artistas orgánicos de la Revolución y que un sinnúmero de desmovilizados del Servicio Militar Patriótico, Mario sucumbió a la coca, a la piedra y al guaro durante la posguerra y el neoliberalismo de los noventa, luego del estrepitoso colapso del sueño revolucionario.
El auditorio y la covacha de las mujeres eran las únicas construcciones de concreto y con cielo raso. Al fondo había un podio de madera con el logo de Alcohólicos Anónimos tallado en el centro. Apenas nos sentamos, casi al fondo, un tipo de bigote grueso, fornido, pero de manos pequeñas y gestos delicados, subió al podio y exclamó:
—¡Buenas noches, compañeros!
Todos respondieron al unísono. Antes de iniciar su testimonio, el tipo asió los bordes del podio y alzó la vista al cielo raso con teatralidad.
Era de la covacha 3, entonces estaba en el tercer mes del programa. Su testimonio era una suerte de mea culpa por su situación actual. Un reconocimiento que le tomó casi la totalidad del programa, dijo.
—Porque admitir es difícil, compañeros. Uno puede pasar años en el primer paso. Yo aquí miro compañeros que a la mitad de su programa ya sienten que están curados. La condición que nosotros padecemos, compañeros, no tiene cura.
Decía estar trabajando, en sus sesiones de terapia individual, en alcanzar el convencimiento profundo de que su situación actual era cosecha de los actos que había cometido en consumo. El tipo aseguraba llevar cuatro años sin ver a sus hijos. Había perdido la potestad cuando el mayor tenía cinco y el menor dos años, luego que su exmujer lo denunciara por fracturarle la nariz a puñetazos y agredir a los niños. Luego empezó a referir, con cierta satisfacción velada, algunos de sus peores excesos de aquellos tiempos. La mayoría, contra otras mujeres. También refirió cómo, hasta muy poco antes de ser internado, había tenido un expendio en un barrio de Nandaime. Sin escatimar detalles, y con más nostalgia que vergüenza, explicó cómo chantajeaba a las adictas de la zona para que se dejaran someter, a cambio de piedra o para saldar deudas, a las más abyectas formas de brutalidad sexual que, al menos yo, hasta entonces había escuchado. Aunque, a partir de cierto punto, más que un mea culpa, aquel testimonio se convirtió en una especie de proyección o transferencia de la culpa a un “yo” distinto. Una (per)versión pretérita de uno mismo: el “yo” en consumo. Un ente que, al menos en la retórica del adicto, operaba siempre como causa suficiente y exoneración de todos sus excesos.
Después de la sesión de A.A., cenamos y regresamos a nuestras respectivas covachas.
Mientras fumaba un cigarro, antes de disponerme a dormir, inferí por las pláticas de aquella primera noche que Mario se había declarado abiertamente ateo desde su ingreso, algo relativamente inusual en un país tradicionalista y conservador como Nicaragua. Entonces, estaba eximido del círculo posterior a las terapias grupales, dedicado a la adoración cristiana. Mario dedicaba ese tiempo a meditar. Poco después entendí por qué achacaban algunos arranques de Flores al ateísmo de Mario.
Beto el Recluta, por su parte, no pasaba de veintitrés años, pero ya había sido dado de baja de un batallón del Ejército Nacional acantonado en Kukra Hill y había estado internado en el hospital psiquiátrico del Kilómetro 5. Luego de que Mario se declarara ateo, Beto se declaró satanista y expresó deseos de meditar junto a Mario. Entonces, mientras Mario llevaba una silla a un punto elevado del terreno que dominaba el cuadro de béisbol para meditar, Beto el Recluta se quedaba de pie a sus espaldas y se dedicaba a describir con lujo de detalle el borboteo de la piedra al derretirse en el tubo, el entumecimiento amargo en el cielo de la boca, el tórax henchido que lucha por no soltar el humo. ¿Y si nos brincamos el cerco ahorita que nadie mira y nos vamos a buscar unas ñoñas, viejo?
Aquella noche, cuando ya todos se disponían a dormir, Beto el Recluta empezó a carcajearse de la nada y se dirigió hacia el catre de Mario, que en ese momento se cortaba las uñas de los pies:
—Oe, viejo. ¿Cómo era aquel poema? Prestame el libro.
Antes de que Mario pudiera responder, Beto el Recluta cogió un libro delgado que estaba en la saliente del muro. Beto pasó las páginas rápidamente hasta encontrar el fósforo a medio quemar con el que había marcado un poema en específico. Se aclaró la garganta, entornó los ojos serpentinos, alzó una mano crispada al aire y declamó:
—«Himno a Satán»: Tú que eres tan solo / una herida en la pared / y un rasguño en la frente / que induce suavemente a la muerte. / Tú ayudas a los débiles / mejor que los cristianos…
Rápidamente, una reprimenda se alzó desde los catres:
—¡Calmate, Beto el Recluta, hijo de la gran puta! Ya es mucha tu mierda.
Pero Beto proseguía:
—Tú vienes de las estrellas / y odias esta tierra…
Y otras voces se sumaron:
—¡Y vos, viejo cochón! ¡¿Por qué le andás dando libros satánicos a este hijuela cien mil putas enfermo de la mente?!
Alguien alertó:
—¡No jodás! Mirá, ya alborotó a Flores este pendejo.
—Donde moribundos descalzos / se dan la mano día tras día / buscando entre la mierda / la razón de su vida…
Mario, poniendo el cortauñas de lado, espetó desde su catre:
—Solo es un poema, hatajo de toxicómanos ignorantes. Y de Panero, un grandísimo poeta.
Pero para entonces, Flores ya se dirigía hacia Beto el Recluta con pasos de gigante y expresión de endemoniado. Ululaba fuera de sí. Beto el Recluta lo miraba con una sonrisa estúpida. Todos en la covacha sostuvieron un silencio breve. Suspiro, que estaba atento a la situación desde antes que empezara, giró disimuladamente sobre su colchoneta, metió la mano debajo del catre y sacó un garrote con dos clavos en la punta que mantenía ahí por seguridad. Otro interno, cuyo catre estaba casi al lado de una de las puertas de la covacha, se escurrió a toda prisa hacia el exterior, para alertar al Disciplina.
Pocos minutos después, Flores estaba adentro, encerrado, berreando y haciendo retumbar a puñetazos los tablones de las paredes, mientras todos, no solo los de nuestra covacha, estábamos afuera. De pronto hasta Guaicay salió del dormitorio contiguo a las oficinas donde vivía. Intercambió unas palabras con el Disciplina y éste, casi en el acto, sonó su silbato y llamó a todos a un círculo de emergencia.
Mientras Flores aullaba como poseso, el Disciplina informó que Guaicay ya había llamado al hermano Freddy para manejar la situación. Inmediatamente procedió a reprimir muy severamente a Beto el Recluta, e incluso a Mario M, a quien exigió entregar el libro para su incineración.
Después del círculo, Suspiro explicó, para quienes no lo sabíamos, el origen de los terrores nocturnos y episodios psicóticos espontáneos que aquejaban a Flores:
Flores era de Bluefields. Como él mismo explicaba, un paña-man. Un blanco. O más bien, un no negro. Porque Flores aseguraba que los mestizos, por muy oscuros que pudiésemos llegar a ser, éramos siempre pañas para los negros de la Costa. Es decir, españoles. España-man. Extranjeros ante sus ojos. Flores era un paña y su mejor amigo de consumo era el menor de los siete hijos de un sukia radicado en Bluefields y conocido por contener una pandemia de Grisi Siknis que había asolado Beholden. Flores, por su parte, era el hijo de una familia de empresarios relativamente acomodada de Bluefields. Una noche, mientras conducían completamente alcoholizados de Little Old Bank a Cotton Tree en busca de coca para cocinar piedra, Flores, al volante de la Hilux de sus padres, no tuvo tiempo de maniobrar cuando un caballo se les cruzó a mitad de camino. De un instante a otro, la cabeza del animal atravesó el cristal del parabrisas y machacó el rostro del amigo de Flores convirtiéndolo en un esperpento de carne viva, dientes y huesos expuestos. La familia del occiso, que de por sí ya culpaba a Flores de la drogadicción de su cumiche, no escatimó en recursos para maldecirlo. Según refería Flores, durante la vela y el entierro, dejaron el ataúd abierto, pese al estado del rostro, para que todo el pueblo pudiera constatar que el cadáver llevaba una foto de Flores sujeta con una cinta roja que daba siete vueltas alrededor de lo que había quedado de la cabeza. Flores aseguraba que, desde entonces, el muerto le había echado cadenas y lo cargaba sobre sus hombros adonde quiera que fuera.
Al poco tiempo, se escuchó un motor que subía a toda prisa por el camino del cementerio. El foco potentísimo de una moto estilo chopper irrumpió por el portón de entrada, ya abierto para el recién llegado. Entre la polvareda que levantó al derrapar junto al círculo, surgió la figura de Freddy “la Mona” Sánchez a bordo de su Zongshen ZS250 Cruiser: bandana motera negra, gafas imitación de Ray Ban, bigote beige de herradura a lo Hulk Hogan apenas discernible sobre la piel hipopigmentada, chaleco de cuero negro con remaches metálicos en forma de cruz cristiana en los hombros y una corona de espinas dada a pintar con acrílico en la espalda, camiseta tie-dye, pernera de cuero y botas bajas de arnés.
Mi sorpresa fue mayúscula. Conocía a don Freddy de Jinotepe. Había escuchado anécdotas sobre él igual que sobre muchos otros personajes del pueblo. Pertenecía al grupo de amigos de juventud de mi padre, esa generación de jipis clasemedieros que nacieron en la primera mitad de la década del cincuenta y crecieron durante la dictadura somocista. Me sorprendió verlo en CARA y más todavía cuando me explicaron que era quien dirigía la “terapia espiritual” de cada martes por la tarde.
Hacía menos de dos meses, había visto a don Freddy cuneteado en las calles de Jinotepe o comprando piedra en un expendio de Diriamba al que fui dos o tres veces, cuando todas las demás alternativas habían fallado. Conocía a grandes rasgos su historia. La constituían los avatares de una picaresca posmoderna solo posible bajo el hedonismo radical e intransigente de aquellos jipis, acaso la última generación feliz sobre la tierra.