Cuento de caminos
Cuento de Historia nacional de lo abyecto (anamá, 2021), página 39. Once minutos de lectura.
This text appears here in its original Spanish.
grabación en la voz del autor (pendiente)
Aunque falta un rato para que anochezca, la penumbra se espesa hasta casi volverse oscuridad a medida que descendemos por el cráter de Apoyo. Algunas casitas aparecen donde no parecía haber nada. Las sombras de sus habitantes, proyectadas desde el interior por la luz de las candelas, se agigantan y oscilan sobre las persianas de vidrio. Figuras que de inmediato desaparecen en la negrura emergen ante los focos del Yaris de Sergio: un anciano arreando una carreta de bueyes, un borracho tendido en un cauce, una pareja besándose contra el poste de un cerco. Helena, nuestra amiga, nos espera al fondo del cráter. Administra un hostal en la orilla de la laguna. Cuando salíamos de Managua, nos llamó para avisar que había un apagón en toda la comarca.
Suena Bitches Brew. Sergio le sube y enciende otro porro. Tras una curva muy cerrada, el aullido de varios monos congos penetra en la cabina y se impone a la música. Detenemos el carro. Apagamos las luces. Bajamos lentamente. Los vemos saltar y rugir a la luna entre las ramas más altas de un inmenso zapotal. De pronto, voces humanas a nuestras espaldas. Un grupo de mochileros que susurra y señala las copas de los árboles.
—Bonitos, ¿verdad? —dice Sergio.
—Ich no Spanisch hablo… —responde uno de los turistas con una sonrisa franca y apenas discernible entre la barba, anaranjada y tupida como un gato.
—¿Hablás ganja? —pregunto mientras le ofrezco la mitad del porro.
Él deja caer una mano amistosamente sobre mi hombro, mientras con la otra toma el porro:
—Sí, sí, hombra, hablo marijuana.
Se presenta. Se llama Verner y es suizo, nos dice ahora que recurrimos a nuestro maldito inglés de call center como lengua neutral. Nos presenta a su grupo. Franz, un austriaco menudo y taciturno que toma el porro sin saludar. Verner explica a manera de disculpa que Franz “es así”. La muchacha que los acompaña es bastante más agradable. Se llama Ellie y es de Irlanda del Norte. Nos saluda efusivamente de beso en la mejilla. Huele a sudor rancio y a cerveza. Van a pie, así que ofrecemos llevarlos hasta la laguna. De paso les recomendamos hospedarse en el hostal que administra Helena. La idea les parece maravillosa y suben al Yaris. Verner dice que nunca pensó escuchar a Miles aquí. Yo sonrío y estoy a punto de responder algo cuando fulmina mi oído con una trompeta salida de la nada y sigue la nota que vibra desde los parlantes. Veo que Ellie sonríe en el retrovisor y Franz mira todo el tiempo por la ventanilla en estricto silencio.
Es de noche cuando llegamos al hostal. Todo el lugar está hecho de madera y bambú. El vestíbulo tiene muebles y afiches antiguos y está iluminado por decenas de veladoras de colores. Helena, apoyada sobre una mesa de la terraza, apunta algo en un cuaderno a la luz de un candil. Su sonrisa surge de las sombras como la del gato de Cheshire.
Nos acomodamos en un balcón bastante amplio. Debajo, las aguas oscuras de la laguna van y vienen en tumbos y retumbos apenas platinados por la luz de la luna. Verner se quita la mochila y se acuesta en una hamaca con la trompeta balanceándose sobre su regazo. Ellie y Franz se sientan en unos bancos alrededor de una mesa de madera larga y oscura como un ataúd. Ellie saca una botella de vino de su mochila.
Pero el vino no dura nada: dos canciones que Sergio y yo le acompañamos a Verner con unas guitarras viejas que encontramos en el hostal. Prendemos otro porro mientras escuchamos las peripecias de Verner y Ellie en su viaje en bus desde San Juan del Sur hasta Masaya, donde conocieron a Franz. Sergio y yo acordamos que lo menos que podemos hacer es aportar el resto del alcohol, así que vamos a la pulpería más cercana.
Ya de vuelta, descubrimos que un señor algo entrado en años se ha sumado a la tertulia. Habla un inglés incorrecto pero fluido. Trabaja en el hostal y lo ha aprendido de los huéspedes. Me siento a su derecha. Cuenta un cuento de caminos. Pausa su relato por un instante para presentarse en español:
—Me llamo Miguel Fermín Estévez. Para servirle en lo que se pueda, amigo.
Lo dice como si pronunciara una sola palabra y de inmediato reanuda un relato sobre una mujer que perdió la razón después de bailar con un desconocido durante las fiestas patronales de Nindirí, porque, al ver los pies del hombre, descubrió unas pezuñas de bestia y sintió un tufo insoportable a azufre tan fuerte que la hizo desmayarse.
En ese momento, Sergio regresa de la cocina con una cerveza en una mano y una pipa de vidrio en la otra. Le pregunto si está cargada y asiente mientras me la pasa.
La segunda historia de don Miguel versa sobre su tío Pencho. Cuenta que nació en una finca de café propiedad de un allegado a Somoza y desde que tuvo fuerza para cargar un saco trabajó como peón en los cafetales, igual que su padre y su abuelo. Pero, hacia el final de la década del setenta, cuando la insurrección contra Somoza estalló, la finca y muchas otras propiedades de los allegados al dictador fueron puestas al servicio de la Guardia Nacional. Para entonces, Pencho tendría poco más de veinte años y, durante todo ese tiempo, las tareas de la finca habían sido más o menos las mismas. Pero una tarde de junio del setenta y nueve Pencho recibió orientaciones inusuales del capataz.
Bien entrada la noche, Pencho se dirigió, con un pelibuey amarrado del pescuezo, a un cruce de caminos en el otro extremo de la finca, tal y como le habían ordenado. Al poco tiempo, divisó un par de discos de luz amarillenta que zigzagueaban entre el breñal. Luego, un camión con la parte trasera cubierta por una lona verde olivo se detuvo junto a Pencho. Media docena de guardias se bajaron del camión y montaron un campamento en cuestión de minutos. Pencho encendió el fuego y puso a hervir un perol antes de destazar el pelibuey ante los ojos chispeantes de los guardias.
Don Miguel, quien además asegura ser poeta, parece fascinado mientras intenta explicar el trance que provoca matar y desollar a una bestia con tus propias manos, a la luz de la luna, y sentir la sangre caliente correr por tus brazos y las vísceras aún vivas palpitar entre tus dedos.
—Pero no quiero perder el hilo —dice volviéndose hacia el rostro evidentemente perturbado de Ellie, quien, por cierto, lleva puesta una camisola de PETA—, porque de eso no se trata la historia, sino de cómo mi tío Pencho tuvo el encuentro que lo cambió para siempre.
Aquella noche no se veían estrellas, solo nubes grises que pasaban a toda velocidad sobre una luna difusa en el cenit. Tras haber saciado su hambre y antes de partir en el camión, los guardias ordenaron a Pencho esperar en aquel lugar.
El camión reapareció varias horas después. Mientras dormitaba junto a las brasas de la fogata, una mano cogió a Pencho por el hombro y lo hizo abordar la parte trasera del vehículo que, de inmediato, reanudó la marcha. Pencho intuyó varios bultos que trepidaban en la oscurana interior.
Después de un rato, el vehículo se detuvo casi al borde de un barranco. El guardia que conducía se bajó, fue hasta la parte trasera y apuntó el haz de una linterna hacia el interior. En ese momento, Pencho vio al fondo unos cuerpos desnudos y maniatados, con los rostros reducidos a una argamasa sangrante. Eran exactamente treinta, aunque Pencho no llegó a contarlos.
La linterna se apagó.
Una voz ordenó que los bajaran. Algunos prisioneros intentaron, breve e inútilmente, oponer resistencia. Poco pudieron contra las culatas que les desencajaban las quijadas o contra las botas que les quebraban las costillas. Todos fueron lanzados al camino de tierra. Pencho aguardaba pávido en el interior del camión, sin atreverse a ver nada de lo que pasaba afuera. Dos guardias se le acercaron armados con palas y piochas y le pidieron que los condujera adonde pudieran cavar un hoyo lo suficientemente grande como para echar a toda esa gente.
Pencho descendió como en trance hasta lo más profundo de aquel barranco, seguido por los guardias. Avanzó entre el lodazal encapotado por la copa de un antiquísimo chilamate. Finalmente se detuvo junto a unas grandes piedras cubiertas de lama y dijo:
—Aquí.
Uno de los guardias prendió un candil. Poco a poco, un paisaje de raíces húmedas y fango engusanado surgió de la oscuridad. Tiraron una pala a los pies de Pencho y los tres cavaron por horas. Aunque agotados, los guardias se mostraron complacidos por la tarea completada y ansiosos por volver con el resto.
—¿Será que todavía agarramos algo? —dijo una voz en la oscuridad.
—Sí, hombre —respondió la otra—. ¡Son bastantes!
Subieron al camino enlodados y cansados. Los otros habían separado a los prisioneros en dos grupos. Los hombres, que eran doce, estaban arrodillados, con las manos atadas a la espalda y las frentes apoyadas contra los pescantes del camión. Las once mujeres y los siete niños restantes se arrastraban y retorcían ante los focos prendidos del camión pegando alaridos mientras eran vapuleados a patadas y culatazos o penetrados con palos, con puntas de rifle o con los penes enrojecidos de los guardias. Luego cogieron dos criaturas de brazos, que no pasarían de los dos años, y las arrojaron al aire para clavarlas en sus bayonetas antes de que tocaran el suelo mientras las sonrisas de los demás guardias crujían como hierba ardiendo.
Cuando por fin se dieron por satisfechos de haber torturado y violado todo lo que se movía y, por si acaso, hasta lo que ya no, bañaron con gasolina a los hombres que tenían maniatados y les prendieron fuego vivos. Después metieron lo que quedaba de los cuerpos en sacos de yute que se echaron a tuto y empezaron a bajar como zompopos por la quebrada. Tras tirar el último de los cuerpos a la fosa, los guardias partieron en el camión y le ordenaron a Pencho taparla.
Casi amanecía cuando echó la última palada. Salió del barranco desorientado y regresó trastabillando por el camino, entre los parches de tierra oscurecida por la sangre, en dirección opuesta a las huellas del camión. Contempló, sin interpretar, algunos trozos de carne, órganos y dientes desparramados sobre la tierra. Después de un rato se tumbó junto a un chagüital y lloró hasta caer en un duermevela. Los sonidos le llegaban lejanos y a cuentagotas y se empozaban hasta formar una sola masa ininteligible entre la cual se distinguió una voz, la de una mujer, que lo llamaba.
—¡Ts, ts, ts!, muchacho...
Era una voz débil, quejumbrosa. Pencho pensó, aliviado, que por fin soñaba. Pero la voz insistió desde la vigilia:
—Muchacho... venga a ver.
Pencho abrió los ojos tanto como sus párpados se lo permitieron y buscó por todos lados pero no halló a nadie, solo las siluetas de un par de vacas que pastaban sobre una colina a lo lejos. La voz insistió y Pencho se levantó de un brinco y miró a la muchacha que le hablaba.
Ella se llevó el índice descarnado a los labios implorando silencio. Iba envuelta en una tela gris muy raída y cargaba en brazos a una criatura que se movía sin hacer el menor ruido.
—Ayúdeme —insistió mientras ponía la criatura en la tierra—, que yo se lo puedo pagar muy bien —y dejó caer la tela que la cubría.
Pencho buscó los ojos de la muchacha, pero solo halló unas cuencas negras y vacías. Un aliento rancio le recorrió el rostro y un frío de muerte se enraizó en su cuerpo. Cogieron, sin más, en el mero descampado, poseídos por una saña bestial. Cuando el esperma de Pencho se escurrió entre las piernas de la muchacha y cayó sobre la tierra negra, ella se puso de pie lenta y ceremoniosamente, recogió a la criatura y se la entregó a Pencho, que embobado y sudando fiebre, tomó el bulto entre sus brazos y se echó a andar por una trocha.
Sintió que el tiempo discurría en dirección inversa, que la luna volvía a aparecer en el cenit y él subía por la quebrada embadurnado de lodo y de sangre. Pero de pronto sintió que otra vez era de día y que el bulto que llevaba en brazos se volvía más y más pesado.
Cuando la luz ya era recia, la criatura se empezó a retorcer entre el trapo que la envolvía. Pencho cesó la marcha y se sentó, bañado en sudor y temblando de fiebre sobre un tronco chancomido por comejenes. Cuando retiró el trapo, Pencho descubrió una boca renegrida y desdentada, que soltó unos graznidos desesperados, y unos ojos inyectados de sangre que lo miraban. De inmediato, Pencho sintió la sangre caliente que le cubrió la vista cuando unas uñas negras le despedazaron la cara de un zarpazo. Lo último que vio fue la criatura, que se arrastraba entre el montarascal como una fiera herida.
—Y si lo hallaron vivo, fue de milagro. Desde entonces, mi tío quedó con la mitad de la cara desbaratada, si a aquello todavía se le puede llamar cara. También quedó loco. Si no me creen, ahí lo pueden ver en las calles de Masatepe. Y a ese barranco donde echaron a esa gente, lo bautizaron la Quebrada de los Muertos…
Mientras don Miguel termina su cuento, la silueta de un gato gordo y parsimonioso se pasea por la baranda del balcón. Busco entre la luz de las candelas las caras del grupo. Solo Franz parece fascinado por la historia. Helena, que se había levantado de la mesa al final de la historia de la muchacha que bailaba con el diablo para atender una llamada de su jefe, regresa ahora con más cervezas.
—Ya los acalambró este viejo con sus cuentos, ¿verdad? Qué bárbaro, si es que yo lo conozco. Don Miguel no tiene tacto. Es medio insensible con el choque cultural el doncito. ¿Les contó la de su tío Pencho? ¿Con todo y la parte de las violaciones de la EEBI? Pero, bueno, fíjense que esa parte, que creo que es la peor de la historia, es la única cierta…
Don Miguel suelta una risa bonachona y dice:
—Bueno, Helenita, siga diciendo que no existe El Maligno, y ahí va a ver… Y más a usted, que le gusta andar tapi a altas horas por estos caminos.
—¡Bah! Que me tenga miedo él a mí —ríe Helena—. Bueno, aquí están estas bichas, muchachos, y ya son lo último que parió la chancha. No sé si compran más, o nos pasamos al roncito.